Ezequiel Clerici
Falta de confianza; Burbuja financiera; Wall Street; Bancos en crisis; Banca privada; Sistema; Capitalismo; Economía financiera y economía real; Recesión; Crisis. Todas estas palabras atacan nuestra atención desde hace varias semanas en las radios, canales de televisión y diarios. Muchas palabras, muchos números y gráficos, pero pocas explicaciones. Por qué reventó el sistema capitalista neoliberal, impuesto en todo el mundo desde la asunción presidencial de Ronald Reagan (EEUU) y de Margareth Tacher (Reino Unido) respectivamente.
Entre los diversos argumentos que exponen economistas ortodoxos—estos en menor medida dado que son los que teorizaron y llevaron adelante el sistema de intercambio que se desplomó— y sus pares heterodoxos, existe una cuestión de la que poco se habla y se esquiva constantemente a la hora del debate. Esto es, la grave crisis de sobreproducción de bienes de consumo que existe— o mejor dicho existía, ya que los tiempos de recesión han comenzado a sentirse— en el mundo.
Antecedentes
¿Por qué decimos que este factor bien puede ser el detonante de la actual crisis mundial, o al menos una parte sustancial? Muy bien, antes de empezar veamos algunos datos concretos: China es la mayor potencia, junto con India, en la producción de manufacturas. El 90 por ciento de sus productos están dirigidos a la exportación. Su tasa de crecimiento anual, en los últimos 20 años, no baja de entre un ocho y un diez por ciento y entre sus mayores compradores, EEUU se arroga el número uno.
La deuda total de EEUU asciende a unos nueve billones de dólares— para que se dé una idea imagine una cifra con 12 ceros— lo que a su vez representa unos 96 mil 617 dólares por cada norteamericano. De este total el diez por ciento de sus acreedores se encuentran en Europa y Asia, lo que permite entender la rápida mundialización de la crisis con epicentro en el corazón financiero de EEUU, Wall Street.
El pasivo bruto del sector financiero norteamericano representaba el 116 por ciento de su Producto Bruto Interno (PBI) en 2007. No conformes con semejante déficit, los bancos estadounidenses salieron a ofrecer hipotecas para que las familias pudiesen comprar viviendas con poco o nada de dinero, a tasas de interés que subían con el tiempo y amortización de capital retardado. Lo que se conoce como hipotecas “subprime”.
Desde hace 18 años los norteamericanos se encuentran— o mejor dicho se encontraban— bajo la “cultura de la tarjeta de crédito”, lo que permitió que sus consumidores sostuvieran la economía mundial gracias a sus compras a crédito. En gran parte de productos manufacturados en China.
Otro factor importante son los niveles exorbitantes a los que ascendió el precio del petróleo en años recientes. Esto termino disparando la inflación global debido a que el mundo compraba, casi cualquier cosa, a crédito (y esos productos que se consumían debían ser trasladarlos de algún modo hasta las bocas de expendio y su forma tradicional, es el camión). Si a esto último le sumamos las aventuras bélicas del señor George W. Bush en los puntos neurálgicos de su extracción, como lo es Irak, y que las economías domesticas de todos los países del globo se encuentran entrelazadas unas con otras, la suma total no puede dar menos que una terrible crisis financiera mundial cuando la cadena de pagos que las sostienen se rompe.
Cómo operan los bancos
Por qué paso lo que paso.
Al encontrarse el mundo inundado de manufacturas se generó que el consumo creciera irrestrictamente gracias al fácil acceso a dichos productos. La gente compra, o mejor dicho, compraba, a crédito en los países centrales sin ningún tipo de restricción. Pero cuál era el problema de hacerlo de esta forma. Básicamente que no se gana el dinero suficiente como para equiparar la cantidad de bienes al alcance, e igual continúa comprando. Por lo tanto llega un momento en que la fiebre del consumo es tal que no le permite al consumidor darse cuenta de que tal vez llegue el día en que no pueda pagar más la cuota de la tarjeta, la hipoteca del banco o la cuenta corriente del distribuidor (en el caso de las empresas de servicios). Total existía el crédito y las facilidades para cubrir las deudas.
Al entrar en ese espiral desenfrenado, las sociedades de dichas economías, no se percataron que estaban ayudando a que la sobreproducción se mantuviera y que la burbuja crediticia se siguiera expandiendo.
Ejemplo: si china, potencia indiscutible en la producción de manufacturas, crece a un 8 o 10 por ciento anual es debido a que produce miles de veces más de lo que puede consumir y entonces debe salir a vender su excedente en el mercado mundial. Esto conlleva que el mercado se inunde de productos. Ahora bien, sostener un nivel alto de producción implica grandes y potenciales compradores a futuro, y vastas cantidades de energía a disposición (gas y carbón para la industria más petróleo para mover lo producido). Este mismo ejemplo se puede aplicar a la Unión Europea (UE) y a EEUU, con la diferencia de que en ambos casos el petróleo se utiliza, mayoritariamente, para mover autos como consecuencia de las grandes distancias. Por ende, en el mundo, el precio del crudo sube— en parte debido a que es una zona de conflicto el lugar de extracción—, el gas sube y el carbón (pese a ser el más barato y contaminante de los tres) también lo hace.
Antes de la crisis el precio del barril de crudo alcanzo los 134 dólares. Hoy el mismo barril cuesta 63,15 dólares. Lo mismo pasa con otros commoditties como los productos derivados del agro. La soja, por nombrar uno, llego a costar 600 dólares la tonelada (hoy los agricultores del mundo y gobiernos como el argentino, ruegan para que la cotización actual, 334,33 dólares, no se siga derrumbando). La fuerte demanda de materias primas agrícolas se explica también por la vorágine de sobreproducción derivada del crédito y, en parte, explica el por qué la soja llego a costar 600 dólares.
El problema es que en algún momento llega el día en que a estos commoditties y productos manufacturados hay que pagarlos. Es ahí donde revienta la burbuja ficticia que se había creado en base al crédito. Primero dejaron de pagar los que habían asumido deudas hipotecarias para acceder al sueño de la casa propia. Luego dejaron de pagar los que compraban con tarjeta de crédito. Sí estos últimos no les pagan a las empresas que les dieron facilidades de compra (Megatone o Wall Mart por citar un ejemplo), estas tampoco le pueden pagar al distribuidor que también se las había vendido a crédito. La desesperación de las empresas por vender cada vez más, incluidas las distribuidoras, hacen que la burbuja crediticia siga expandiéndose. El que distribuye a su vez tiene un stock considerable del cual quiere deshacerse y una fabrica instalada en china que le asegura manufacturas baratas y que se encuentra ansiosa por venderle— aún más— productos a pagar en un futuro.
¿Pero qué pasa si el distribuidor no logra pagarle las cuotas pactadas a la fábrica China en tiempo y forma? En primer lugar se rompe la cadena de pagos, con el agravante de que los intereses se van acumulando por su incumplimiento. Vivir a crédito no es gratis e implica sustanciales tasas de interés que van a parar a las arcas de los bancos. ¿Qué se imagina usted que puede pasar con los intereses que gana el banco, y que representan gran parte de sus activos, si el consumidor deja de pagar las cuotas de la tarjeta o la hipoteca de su casa?
Como consecuencia, la industria China—hablo de china por nombrar un ejemplo, lo mismo se aplica a cualquier país del mundo— ve mermada su rentabilidad porque no le pagan en tiempo y forma sus clientes que a su vez representan su cadena de distribución y venta al público. Por lo tanto lo primero que hace es echar empleados para sostener una cierta rentabilidad y a su vez que esto le permita poder afrontar los pagos que se le vencen sobre aquellos que le facilitaron las materias primas para producir bienes de consumo (el domingo 26 de octubre el diario Critica de la Argentina publico que General Motors Rosario, había echado a 500 empleados y adelantado las vacaciones de otros cientos de trabajadores).
Si esos chinos (europeos o norteamericanos) no tienen trabajo o no ganan lo suficiente en sus respectivos trabajos es fácil deducir que no pueden seguir comprando. Si no pueden comprar mucho menos pueden pagar las cuotas de los autos, las casas, el plasma o lo que fuere en que hubiesen invertido anteriormente. El resultado está a la vista: se rompió por completo la cadena de pagos y se llevo puesta consigo la burbuja financiera que se había creado a base del crédito. De ahí que palabras como pánico económico global, falta de confianza y caída de los mercados mundiales suenan tan fuerte últimamente.
La culpa no es del chancho…
Los culpables de este descalabro mundial son aquellos que le metieron en la cabeza a las sociedades del primer mundo que no había inconveniente en sobre producir para vender más y que endeudarse era una decisión inteligente y sin consecuencias a futuro. Total "siempre" iba a poder pagar en tiempo y forma ya que el banco estaba en óptimas condiciones para prestarle dinero de forma flexible y en sustanciales cuotas.
Lo que nunca le dijeron era que el banco, en la desesperación por captar nuevos clientes, vendía de forma irresponsable hipotecas y variadas líneas de crédito a cualquier persona que lo solicitara. De esta forma los grandes bancos llegaron a endeudarse 24 veces más de lo que representaba su capital liquido (dinero y activos materiales) cuando el máximo saludable era por ocho.
El día en que sus clientes no pudieron pagar más paso lo que paso. Si los Estados no hubieran salido a respaldar los depósitos bancarios el escenario en lugares como Europa y EEUU no sería muy diferente al vivido con el corralito de Cavallo, que se cobro la presidencia De La Rúa, en 2001.
Los tiempos de bonanza nunca son eternos.
Mientras duro esta irrealidad crediticia hubo cientos de hombres de negocios que se forraron en dinero gracias a los intereses de esos créditos o por medio de la venta de paquetes de hipotecas toxicas en el mercado financiero. El problema es que los números que se manejaban en el mercado global eran ficticios. Representaban importes a cobrar, dinero virtual, inmaterial.
Cuando las empresas y personas que conforman el mercado quisieron retirar ese dinero para pagar sus deudas o adquirir liquidez, fue cuando se desató la crisis terminal. Todos querían retirar sus activos pero los mismos no existían— al menos no de forma real— para pagarle a sus acreedores. Lo que el mercado les decía que estaban ganando en realidad era una mentira, solamente eran números en una pantalla de computadora en las bolsas de todo el mundo o en balances contables poco claros.
Al sistema financiero le paso lo mismo que a una de bicicleta que se desplaza a gran velocidad y que en su pico máximo se le rompe un eslabón de su cadena. No solo no puede seguir andando sino que además se vuelve muy complicado frenarla de forma segura y sin riesgos para el conductor. En estos casos las posibilidades de estrellarse contra el pavimento suben proporcionalmente con la velocidad acumulada.
Todo esto explica por qué los grandes bancos y aseguradoras internacionales están cayendo como casas de naipes a lo largo y ancho del globo. En realidad lo que perdieron fue el capital ficticio que creían real y que les permitía seguir acumulando deudas. Esta es una crisis de liquidez, nadie tiene los activos que decía o creía tener. El problema es que lo que comenzó como una crisis financiera se extendió— como era previsible—sobre la economía real. O sea, sobre el trabajador de a pie.
Quienes pagan los platos rotos
Los que vamos a pagar el costo por la irresponsabilidad de unos pocos codiciosos somos el conjunto de los trabajadores en todo el mundo. Nosotros seremos los que no lleguen a fin de mes, los que no puedan acceder al crédito, los que no puedan pagar las hipotecas de las casas o alimentar dignamente a sus hijos.
Los gobiernos del primer mundo en vez de castigar a los banqueros que llevaron adelante esta quiebra generalizada, los recompensan con sustanciales indemnizaciones o recapitalizando a las instituciones que fundieron. Todo esto con el dinero público, dinero que aportaron sus trabajadores a través del pago de impuestos.
Argentina no es una isla en este sombrío panorama internacional. Si bien la economía de nuestro país se encuentra semi desacoplada del mundo, lo cierto es que los efectos de este descalabro ya comienzan a sentirse en el sector industrial y en mayor medida en el sector agroindustrial. Europa acaba de suspender la cuota Hilton de carne y los chinos decididamente están comprando menos soja que hace unos meses atrás. Ni que decir de las previsiones, sumado a los despidos y suspensiones, que están realizando las automotrices y autopartistas instaladas en el país debido a la abrupta caída de sus ventas desde que se desato la crisis.
El gobierno argentino debe tomar nota de estos hechos objetivos y preparase de la mejor forma posible para aguantar las tempestades que ya estamos padeciendo, y las que se aproximan en el corto plazo. Lamentablemente, y conociendo la improvisación con la que toman las decisiones el matrimonio presidencial, este objetivo se parece más a un deseo que a una realidad.
martes, 28 de octubre de 2008
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